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martes, 2 de julio de 2013

El espectro de Nasser

 

Solo una solución parece factible: la renuncia del presidente y un Gobierno de unidad nacional

 

 
El 23 de julio de 1952, y en medio de una creciente inestabilidad política, un grupo de militares liderados por Muhammad Naguib y Gamal Abdel Nasser derrocó la exangüe monarquía de Faruk I, último rey de Egipto. El primero era un veterano héroe de guerra que creía que, tras un breve periodo de transición, el Ejército debía retirarse, regatear la tentación política y erigirse en mero garante de la estabilidad nacional. El segundo, joven y ambicioso, desconfiaba de la gestión civil y entendía la algarada como la vía de acceso a un poder. Durante apenas un año, ambos compartieron timón. La baraja se rompió en 1954, año en el que el entonces Consejo del Mando de la Revolución acusó a Naguib de deslizarse hacia la autocracia y asentar sus ambiciones sobre una fuerza en alza: la cofradía de los Hermanos Musulmanes. La revolución se escindió y el resultado del pulso es conocido: Naguib fue obligado a dimitir; Nasser asumió el poder e instauró una dictadura militar que perduró hasta la caída de Mubarak; y los Hermanos Musulmanes fueron reprimidos a sangre y fuego, transformándose después en la única oposición estructurada.
Más de medio siglo después, Egipto atraviesa una coyuntura similar. Depuesto el sátrapa, el país se ha quebrado en dos polos que avanzan hacia el odio. En un extremo del campo de batalla se arraciman los denominados grupos islamistas, un bloque presidido por la rama más pragmática de los Hermanos Musulmanes y en la que se mezclan movimientos salafistas, clérigos wahabíes, grupúsculos yihadistas y secciones más extremistas de la propia cofradía. En la otra trinchera flamea un heterogéneo abanico de fuerzas compuesto por liberales, progresistas y nostálgicos del antiguo régimen, asidos a un fin común: erradicar el creciente poder de la hermandad y los delirios autócratas de su cabeza más visible: Mohamad Morsi.
La sorpresa de una algarada rumiada por el Ejército durante tiempo pero inesperada en la forma en que estalló, sumada a los errores de gestión de una transición improvisada y apresurada y a la inexperiencia del nuevo gobierno, han agudizado la polarización en los últimos meses. Dos son las razones: la primera, el intento por parte de la hermandad de acaparar el poder político y arrinconar tanto a jueces como a militares. La decisión del presidente de nombrar gobernadores civiles en las principales regiones –un cargo tradicionalmente ejercido por generales en la reserva- ha colmado el vaso de una cúpula militar que ya se vio obligada a usar su poder de intimidación el pasado otoño para frenar una constitución que perseguía recortar sus atribuciones. En este último año, Morsi no solo ha atacado su papel de garante; también ha intentado desplazar de las calles a policías y militares, sustituidos por una milicia que recuerda a la Guardia Revolucionaria iraní, y de apropiarse de sus fuentes de financiación.
La segunda, el fracaso de un liderazgo que se hizo con el poder con un programa que prometía conciliación nacional y eficacia económica, y que en apenas un año lo único que ha logrado ha sido más desempleo, inseguridad, pobreza y tensión sectaria. Que acumula enemigos en todos los frentes, entre los “progresistas” por su deriva hacia el islamismo, y entre los islamistas porque esta deriva les parece insuficiente.
Ambas razones, unidas al fortalecimiento de la oposición –cada vez mejor organizada- y al temor de que el país se hunda en la violencia, han sido las que han llevado a la cúpula militar a lanzar su última advertencia. Asumida la legalidad de la presidencia de Morsi, solo una solución parece factible: que el presidente renuncie, como le exige el pueblo, y se forme un gobierno de unidad nacional, liderado por una figura política de consenso que reconduzca la transición y establezca un nuevo proceso democrático. “Morsi y la hermandad deben recordar la historia”, advertía días atrás el escritor Sonallah Ibrahim, encarcelado en los años cincuenta. Sentado en un hotel de Madrid, insistía en que el presidente debía abandonar y recordaba que en Egipto “la verdadera revolución aún está por comenzar”.
Javier Martín es periodista y escritor. Autor del libro “Los Hermanos Musulmanes”.

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